Sala del Órgano
Estación 2
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El lago que nos da la bienvenida lleva el nombre de Alberto La Marmora, naturalista y cartógrafo que visitó la cueva en varias ocasiones a lo largo del siglo XIX. Durante mucho tiempo fue considerado la puerta de acceso a la cueva. Se atravesaba a bordo de una pequeña embarcación, hasta el punto de que muchos viajeros asociaban este trayecto con el recorrido de las almas del Infierno de Dante, transportadas por el viejo demonio Caronte, para desgracia del pobre marinero que prestaba este servicio.
El lago tiene aproximadamente nueve metros de profundidad, veinticinco metros de anchura y cien metros de longitud: es uno de los mayores lagos salados de Europa. El agua del mar se filtra al interior de la cueva a través de un sifón natural situado bajo la entrada de la misma; por esta razón, el nivel del agua del lago sigue las variaciones del nivel del mar.
La Sala del Órgano es la estancia más amplia de la cueva y recibe este nombre por las maravillosas coladas de calcita presentes en la pared del fondo, que recuerdan a los tubos de un órgano de iglesia. Juntas forman la columna más grande, impresionante y majestuosa de toda la cueva. En la pared observarás dos placas conmemorativas: recuerdan las visitas del rey Carlos Alberto de Saboya, que visitó la cueva nada menos que tres veces: la primera como príncipe en 1829 y las otras dos como Rey de Cerdeña a comienzos de la década de 1840, llevando consigo en una ocasión a su hijo Víctor Manuel, futuro Rey de Italia.
Mirando la pared situada al fondo del lago, a unos cinco metros de altura, podrás observar dos marcas negras horizontales: son las huellas dejadas por el agua durante el último período interglaciar, hace aproximadamente 125.000 años, cuando el nivel de los mares aumentó debido a un incremento natural y cíclico de las temperaturas.
En el lado derecho del Órgano, la naturaleza ha preparado su propio Árbol de Navidad: una estalagmita de forma cónica de unos seis metros de altura. El color verde que la caracteriza, y que seguramente habrás visto también en otras zonas de la cueva, es un fenómeno completamente natural provocado por las incrustaciones vegetales que se forman sobre las concreciones rocosas. En otras palabras, significa que la cueva goza de buena salud.
Junto al Árbol observarás una pequeña playa que solo emerge durante la marea baja: se conoce como la Playa de las Focas y, si afinas la vista, comprenderás enseguida el motivo. Hasta mediados del siglo XX, la cueva recibía con frecuencia la visita de otro animal además del ser humano: la foca monje. Esta especie, actualmente en peligro de extinción, ha sido durante mucho tiempo víctima de la actividad humana, hasta el punto de que hoy apenas quedan unos 500 ejemplares. Sin embargo, las formas que ves ahora no son focas petrificadas, sino estalagmitas que de algún modo recuerdan su presencia, con la esperanza de que algún día regresen también las de carne y hueso.
Una vez que entramos en este mundo, el tiempo adquiere un valor relativo. Si pensamos que la naturaleza necesita cien años para crear un centímetro cúbico de estalactita y casi trescientos para formar un centímetro cúbico de estalagmita, nuestras vidas adquieren una dimensión completamente distinta. ¿Cuántos de nosotros llegaremos a vivir cien años? En Cerdeña solemos desearnos precisamente eso: a chent’annos! ¡Que vivas cien años! Pues ahí están nuestros cien años: un centímetro cúbico de estalactita.
Pero basta de filosofía. Ha llegado el momento de continuar nuestro viaje hacia la siguiente etapa: la Gran Cúpula.
El lago tiene aproximadamente nueve metros de profundidad, veinticinco metros de anchura y cien metros de longitud: es uno de los mayores lagos salados de Europa. El agua del mar se filtra al interior de la cueva a través de un sifón natural situado bajo la entrada de la misma; por esta razón, el nivel del agua del lago sigue las variaciones del nivel del mar.
La Sala del Órgano es la estancia más amplia de la cueva y recibe este nombre por las maravillosas coladas de calcita presentes en la pared del fondo, que recuerdan a los tubos de un órgano de iglesia. Juntas forman la columna más grande, impresionante y majestuosa de toda la cueva. En la pared observarás dos placas conmemorativas: recuerdan las visitas del rey Carlos Alberto de Saboya, que visitó la cueva nada menos que tres veces: la primera como príncipe en 1829 y las otras dos como Rey de Cerdeña a comienzos de la década de 1840, llevando consigo en una ocasión a su hijo Víctor Manuel, futuro Rey de Italia.
Mirando la pared situada al fondo del lago, a unos cinco metros de altura, podrás observar dos marcas negras horizontales: son las huellas dejadas por el agua durante el último período interglaciar, hace aproximadamente 125.000 años, cuando el nivel de los mares aumentó debido a un incremento natural y cíclico de las temperaturas.
En el lado derecho del Órgano, la naturaleza ha preparado su propio Árbol de Navidad: una estalagmita de forma cónica de unos seis metros de altura. El color verde que la caracteriza, y que seguramente habrás visto también en otras zonas de la cueva, es un fenómeno completamente natural provocado por las incrustaciones vegetales que se forman sobre las concreciones rocosas. En otras palabras, significa que la cueva goza de buena salud.
Junto al Árbol observarás una pequeña playa que solo emerge durante la marea baja: se conoce como la Playa de las Focas y, si afinas la vista, comprenderás enseguida el motivo. Hasta mediados del siglo XX, la cueva recibía con frecuencia la visita de otro animal además del ser humano: la foca monje. Esta especie, actualmente en peligro de extinción, ha sido durante mucho tiempo víctima de la actividad humana, hasta el punto de que hoy apenas quedan unos 500 ejemplares. Sin embargo, las formas que ves ahora no son focas petrificadas, sino estalagmitas que de algún modo recuerdan su presencia, con la esperanza de que algún día regresen también las de carne y hueso.
Una vez que entramos en este mundo, el tiempo adquiere un valor relativo. Si pensamos que la naturaleza necesita cien años para crear un centímetro cúbico de estalactita y casi trescientos para formar un centímetro cúbico de estalagmita, nuestras vidas adquieren una dimensión completamente distinta. ¿Cuántos de nosotros llegaremos a vivir cien años? En Cerdeña solemos desearnos precisamente eso: a chent’annos! ¡Que vivas cien años! Pues ahí están nuestros cien años: un centímetro cúbico de estalactita.
Pero basta de filosofía. Ha llegado el momento de continuar nuestro viaje hacia la siguiente etapa: la Gran Cúpula.