Escala de Cabirol e historia de la cueva

Estación 0
0:00 0:00
¡Hola! Con estos primeros escalones comienza tu viaje hacia la Cueva de Neptuno, un lugar de maravilla y encanto que te dejará sin palabras. Antes de empezar, solo unos consejos: escucha estas audioguías conectando los auriculares a tu dispositivo, para disfrutar de la visita respetando el lugar y a los demás visitantes. Además, es probable que tu teléfono móvil pierda la señal durante el descenso, ¡pero eso es una suerte! Podrás disfrutar de la aventura sin que nadie te moleste y, si quieres tomar algunas fotografías, ya tendrás tiempo después para compartirlas con tus amigos. Al fin y al cabo, si has elegido llegar a la cueva afrontando la Escala y no en barco, debes de ser una persona a la que le gustan los desafíos. No te preocupes: ¡solo son 654 escalones!
Déjame contarte algo más sobre el camino que estás recorriendo: la escalera recibe el nombre de Escala del Cabirol, que en el catalán de Alguer tiene un doble significado. El primero es «corzo», y es fácil imaginar que para construir este recorrido hicieron falta habilidades y confianza en las alturas dignas de este animal. El segundo, en cambio, hace referencia a la forma del sarmiento de la vid, que trepa y se enrosca exactamente igual que la escalera.
Debes saber que durante el siglo XIX y los primeros años del XX, la cueva ya era una parada obligatoria para quienes visitaban Cerdeña. Ya fueran aventureros curiosos, aristócratas adinerados o exploradores llegados de distintos rincones de Europa, todos estaban obligados a llegar por mar antes de que se construyera la Escala.
Como nos cuenta Enrico Costa, escritor y periodista sardo que visitó la cueva a finales del siglo XIX, el viaje duraba varias horas y las embarcaciones no se parecían en nada a las actuales. Habitualmente, para partir desde el puerto de Alguer hacia Capo Caccia, se esperaba la llegada de la noche, principalmente por dos motivos: con la esperanza de encontrar el mar en calma y porque es precisamente de noche cuando duermen las Sirenas. Es cierto que hay quienes dicen que las Sirenas no existen, pero también es cierto que el mar, cuando soplan los vientos de libeccio o mistral, puede convertirse en un enemigo difícil de afrontar. Las noches de calma chicha eran, por tanto, perfectas, cuando ni siquiera una brisa agitaba el aire y las embarcaciones se deslizaban tranquilamente sobre el agua, para alegría de los pasajeros y desesperación de los marineros, obligados a remar mientras rezaban para que al menos se levantara una ligera brisa.
Fue en los años cincuenta del siglo XX, cuando en toda Cerdeña se intentaba impulsar el desarrollo del sector turístico, cuando se hizo necesario encontrar una alternativa a las incómodas —y no siempre practicables— travesías en barco, tanto para los habitantes de Alguer como para los numerosos visitantes que llegarían en el futuro.
Seguramente habrás notado una placa situada cerca de los primeros tramos de la escalera: fue colocada en 1954 para celebrar la construcción de la Escala, definida como el «motor de la fortuna del naciente turismo sardo». Una idea pionera para la época.
Las historias que aún hoy cuentan los habitantes de Alguer sobre las obras y los protagonistas de esta empresa son de lo más variadas y fascinantes. A menudo, con la ironía típicamente algueresa, destacan tanto la gran peligrosidad del proyecto como la habilidad y competencia demostradas por los técnicos y obreros que participaron en él.
Pero ¿cuánto dura este descenso? Tarde o temprano, todos se lo preguntan. El recorrido se extiende a lo largo de más de 470 metros, el desnivel entre el inicio y el final es de unos 110 metros y la pendiente media alcanza el 40 %. ¿Y los escalones? Como ya se ha dicho, son 654, aunque, como suele ocurrir, hay quien cuenta algunos más y quien cuenta algunos menos. ¿Y tú? ¿Los estás contando? Quizá sea mejor concentrarse en el paisaje y dejar los cálculos para la subida, más lenta y exigente.
Piensa que la imponente masa calcárea que estás bordeando emergió del agua ya a finales del período Cretácico, hace aproximadamente 70 millones de años. Esto significa que está ahí prácticamente desde siempre. Sus formas actuales son el resultado de un modelado que se ha desarrollado a lo largo de todo ese tiempo, junto con evidentes fenómenos kársticos.
El tiempo, por tanto, ha dibujado todo esto: es el protagonista indiscutible de esta visita. Junto con el agua y la piedra. Así lo describía Enrico Costa:
«El mar, bajo aquellos peñascos, no tiene fondo; está siempre inquieto, furioso y de un intenso color turquesa que impresiona. Diríase que quisiera derribar el coloso de piedra y que persiste en ese intento titánico desde la creación del mundo; pero el gigante rocoso contempla el mar con desprecio y parece no preocuparse por sus amenazas. Los eternos besos estremecidos de aquellas olas, así como sus furiosos azotes, han conseguido corroer la base del soberbio gigante, pero este permanece inconmovible. Amenaza con una mirada, pero no se mueve, porque desprecia medirse con los débiles y los pequeños.»
Pequeños y débiles: así es como uno se siente durante este descenso. Y, sin embargo, al mismo tiempo, extraordinariamente afortunado. Y esto no es más que el principio: porque si es cierto que normalmente los descensos conducen al Infierno, aquí sucede exactamente lo contrario. Cuando divises la entrada de la cueva, te encontrarás en un lugar muy parecido al Paraíso.